La Importancia de una Sonrisa.

Relato de una enfermera.

Aún no son las ocho de la mañana y ya el hospital rebosa energía. Llego corriendo como siempre, y comienzan a darme la guardia mientras devoro algo rápido. Mi compañera me explica las novedades de la noche de mala gana, claramente deseosa de irse a su casa a descansar. Al parecer, dos pacientes no han podido pegar ojo en toda la noche. Uno de ellos es “conocido” de la planta. A la otra paciente, sin embargo, no la conozco. Según me cuenta mi compañera, es “una vieja recién ingresada que se quiere morir”. Hablando con propiedad y en términos medianamente técnicos, se trata de una señora con metástasis ósea. Su cáncer se originó en una mama, pero cuando se lo detectaron había avanzado demasiado, por lo que ahora está extendido por todo el cuerpo. De nuevo la otra enfermera me habla de ella despectivamente: “Es una amargada, no ha dicho una sola palabra cuando entraba a la habitación, pero bien que tocó el timbre toda la noche por dolor”. Lo cierto es que, a pesar de que intento comprender a mi amiga porque está agotada, no puedo evitar sentir pena. Y no por la paciente precisamente, sino por ella.

“Es una amargada, no ha dicho una sola palabra cuando entraba a la habitación…”

Al fin terminamos de recibir la guardia, y preparo el material para las tareas que me esperan. Una maratón de curas, toma de constantes y administración de medicación de más pacientes de los que realmente tenemos capacidad de atender. Aun así, la sonrisa no se borra de mi rostro. No puedo esconderlo, aunque la enfermería es una profesión agotadora, la adoro. Adoro conocer tanta gente todos los días, me gusta que confíen en mí y me cuenten cosas de su vida personal, como si al estar ingresados nos convirtiéramos en aliados. Y en cierto modo lo somos: en un hospital no existen jerarquías, no existen competencias ni hay lugar para palabras hirientes ni para malas caras. O al menos no debería. Cuando llego a mi planta, los problemas de mi vida personal desaparecen por completo, porque los pacientes con los que voy a pasar el resto del día tienen problemas mucho peores que los míos, están atravesando una situación que en la mayoría de las veces se les escapa de las manos. De modo que lo único a lo que pueden aferrarse es a nosotros, el personal médico en general. Cuando cruzamos el umbral de la puerta del hospital, debemos estar dispuestos a convertirnos casi en ángeles, con una amplia sonrisa en la cara aunque por dentro estemos tristes hasta decir basta.

“…en un hospital no existen jerarquías, no existen competencias ni hay lugar para palabras hirientes ni para malas caras.”

Dejo para el final a la paciente nueva, ya que me quiero tomar un rato para hablar con ella, si me lo permite. Al entrar a la habitación me encuentro a una mujer bastante más joven de lo que me habían descrito. Está tumbada en la cama, mirando hacia la ventana que da al mar. Me acerco educadamente con la medicación. Con sutileza realizo las técnicas pertinentes, sin perder la sonrisa. “Qué bonito está el mar hoy, ¿verdad?”, le digo para intentar arrancarle un par de palabras. Al principio me da la sensación de que no le apetece en absoluto entablar una conversación conmigo, pero cuando gira la cara y me ve sonriendo mientras miro el infinito mar, me responde con dulzura: “La verdad es que sí…el mar siempre ha sido mi debilidad, cuando era joven hacía natación sincronizada”. Asombrada por la facilidad con la que me ha contado algo tan íntimo, continúo con la conversación. Al terminar miro el reloj, ¡hemos estado media hora hablando! Me ha contado anécdotas preciosas de su juventud, y me ha hablado del miedo que tiene a todo lo que le está pasando. Cuando salgo de la habitación, no puedo evitar pensar lo equivocada que estaba mi compañera esta mañana al decir que era “una vieja amargada”.

Ya casi finaliza mi turno y creo tener todo bajo control. La paciente nueva no ha presentado dolor en todo el día, lo cual me extraña bastante, por lo que me acerco a su habitación y le pregunto si está todo bien, ya que no ha avisado para que le pongamos morfina. “Sí cariño, sorprendentemente no he tenido apenas dolor…Creo que el haber hablado tanto contigo y tu amabilidad me han dejado mucho más tranquila. Gracias por todo”. Sorprendida, salgo de la habitación.

“…creo que el haber hablado tanto contigo y tu amabilidad me han dejado mucho más tranquila. Gracias por todo.”

En la vuelta a casa no puedo evitar pensar en mi nueva paciente. Ha pasado de estar toda la noche con dolor a no avisar en todo el día. Y todo por una conversación amable y una amplia sonrisa. No, no es magia ni es nuestra imaginación. Una sonrisa lo cambia todo, las buenas palabras y los buenos modales son capaces de ayudar a cualquiera a sobrellevar mejor el día: una preocupación, un temor, hasta una enfermedad. Evidentemente no podemos curar enfermedades con sonrisas y palabras bonitas, pero sí podemos sanar almas con ellas. Y las almas son, muchas veces, más importantes de curar que los cuerpos. Así que no olvidemos, ni dentro del hospital ni fuera de él, intentar tener la amabilidad y comprensión necesarias para dirigirnos a los demás, puesto que cada quien está librando una lucha interna de la cual no sabemos nada.

Sin querer, estoy sonriendo de nuevo, de puro agrado de haber ayudado a alguien con algo tan sencillo. Los ángeles son ustedes, mis queridos pacientes, no nosotros.

Virginia Brito
Enfermera en el Hospital Insular de Las Palmas de Gran Canaria

“Una sonrisa lo cambia todo, las buenas palabras y los buenos modales son capaces de ayudar a cualquiera a sobrellevar mejor el día”

 

 

Una sonrisa cálida es el lenguaje universal de la amabilidad.

William Arthur Ward.